jueves, 1 de octubre de 2009

El Viejo

Revolviendo los escombros del viejo "Vo so o te hace" me encontre con este cuento, y tengo que decirles que es uno de los que mas quiero, voy a ponerlo de nuevo, sepan disculparme, pero no quiero dejarlo en un rincon.


Hurgaba la tierra con sus dedos aireandola, extrayendo brotes de maleza, su pequeña huerta era algo que lo ayudaba a no perder el juicio y centrarse en una tarea por hacer. Desde que su esposa falleció sus hijos no lo visitaban tan a menudo, mas bien no lo visitaban, el sabia por que, pero aun así mostraba un falso desinterés en el tema.

Las horas pasaban y los días con ellas, las semanas se hicieron años y los años acrecentaron su dureza, el sol y el agua eran los únicos en acariciar su rostro y una vieja radio su única compañía, la vida le había pasado factura por tantos años desperdiciados, estaba solo, pero el se las había arreglado para que eso pasara desapercibido, internamente sabía que no dio el amor que debía, no vivió la vida solo se limito a transitarla, a soportarla, sin encontrar nunca algo que moviera su ser.

Se había casado ya siendo mayor, aquella mujer se había enamorado sin que él se lo propusiera, nunca la cortejo, su rudeza impedía demostrar amor, sin embargo ella se enamoro, se casaron solo por que la costumbre así lo determinaba y sus dos hijos nacieron casi por el compromiso de que su simiente dejara alguna huella en la tierra.
Su esposa, siempre fiel, siempre a su lado, había llevado el hogar adelante, criado y educado a sus hijos quienes a la primera oportunidad volaron del nido haciendo una nueva vida lejos de aquel ser odioso y frío que era su padre, sin embargo ella seguía a su lado, cuidándolo, en un monologo de amor interminable.
Por fin Dios se había apiadado de ella y una tibia tarde de otoño la rescato de su calvario.
La vida indudablemente le estaba pasando factura por todo eso.

La primavera, como hacia muchos años, se estaba expresando en millones de colores, aromas y sabores, la huerta había dado todos sus frutos a la máxima expresión, la tierra generosa y fértil otorgó todo su poder y los elementos se habían encargado de llevar todo lo necesario para que ese milagro ocurriera.
El viejo, como todos lo llamaban ni cuenta se había dado, lo mismo le daba salir a cosechar los frutos como arar la tierra.
Esa tarde al caer el sol algo pasó, el Viejo salio de su escondrijo y recorrió la huerta como todos los días, pero algo paso, de repente el miro hacia el cielo, inspiró profundo el aire puro del campo, relajo sus músculos y soltó un suspiro largo y dolido, se sentó en la vieja silla undió sus codos en las rodillas y cubrió su rostro con las manos, dejando rodar primero una lágrima, miro de nuevo el cielo, después muchas mas siguieron el camino de aquella pionera y por fin un llanto de niño inundó sus manos.

Sabia que era tarde para pedir perdón, para recuperar el tiempo, para dar el amor que no dio, para buscar a esa mujer, la única que fue capas de amarlo en silencio, aquella que había perdido su juventud y su vida por él, era tarde para recuperar la sonrisa de sus hijos, para vivir. Pidió perdón por todo eso, pidió perdón a la vida, a Dios, a su mujer, a sus hijos, el llanto se fue secando ya no tenia mas lágrimas que entregar pero su corazón estaba latiendo, por primera vez en muchisimos años su corazón latía movido por sentimientos, miro su huerta, los colores por fin asomaron a sus ojos, probo sus frutos y como un mendigo hambriento comió y bebió de esos sabores, olio cada hoja, cada flor.
La noche se apodero del campo y con ella los colores volvieron a dormir.
Tomó la vieja silla, entro despacio, con paso cansado se recosto sin desvestirse y se durmió con la única foto de su familia que le quedaba, abrazándola con fuerza como queriendo atrapar todos los momentos perdidos, se durmió de a poco envuelto en las sombras de la noche, en un sueño profundo del cual no despertó.

Ahí estaba ella, esperándolo, enamorada como siempre, se abrazaron, se besaron por primera vez, se amaron por primera vez, por primera ves él la amo, ella extendió su mano y juntos caminaron hacia ese lugar donde la paz los esperaba.

Nadie visitaba al Viejo, fue tal vez por eso que encontraron mucho tiempo después lo que había quedado de su cuerpo marchito sobre su cama, en el pecho agarrada por unos huesos curvos estaba la foto descolorida de su familia, nadie lo lloró, nadie lo extraño.

Cuentan que en las tarde cuando cae el sol, las lágrimas del Viejo riegan el huerto, su arrepentimiento alimenta la tierra y el amor de su mujer le da aroma a los frutos, solo así los que se atreven a pasar por ahí comprenden por que la huerta sigue tan hermosa como siempre.

6 comentarios:

El gato vagabundo dijo...

Fué uno de los que mas me gustó, sin dudas.

ElFlaco dijo...

Gracias Gato yo tengo un aprecio especial por este cuento y la verdad no queria que se perdiera en el baul de los recuerdos.

El Gaucho Santillán dijo...

Que triste. Carpe diam, Flaco.

Saludos

Laura dijo...

dicen que en algún momento a todos se nos hace una luz, un click que nos permite hasta reconocer errores que nunca quisimos ver. Más tarde o más temprano, dicen que eso pasa

ahora ella, ella siempre supo cómo era el hombre que había elegido, amargo, odioso...lo que fuera, pero ella lo amó así, bien por ella...

lindo cuento Sr. le dejo beso

ElFlaco dijo...

Gaucho Carpe Diam a full y como si fuera el ultimo.

Laura A todos se nos da la oportunidad de ver la luz, el secreto es darse cuenta de los errores y corregirlos a tiempo, se lo digo por experiencia propia.

licha dijo...

verdaderamente valió la pena volver a publicarlo!
felicitaciones!